martes, 24 de febrero de 2009

LOS FRUTOS DE LA NIEBLA / Luis Mateo Diez


La literatura de Luis Mateo Díez dibuja geografías imaginarias, territorios conformados a los estados de ánimo y las experiencias de sus habitantes. Es al mismo tiempo un universo familiar, con los rasgos de una ciudad de provincias española de la posguerra, y uno onírico, brumoso y desleído. Su personajes parecen diluirse en una atmósfera irreal, como si vivieran en un mundo puramente simbólico y conceptual, como si no hubiera fronteras entre el suelo que pisan y sus monólogos interiores.

Es a esa región a la que regresamos en Los frutos de la niebla, que corresponde al ciclo de las ‘leyendas’ de Mateo Díez. Se trata de tres narraciones breves que basculan de lo mágico al realismo clásico. La primera trata de un encuentro entre dos antiguos amigos en el que uno le pide al otro, policía, que investigue la extraña ‘enfermedad’ que le aqueja y que va provocando la muerte a los que le rodean. La segunda es la historia de tres muchachos que se suicidaron o desaparecieron. La tercera, la defensa jurídica de una mujer humilde que sólo conoció el sufrimiento.

El nexo de coherencia de las tres historias lo encontramos en el estilo de Mateo Díez. Cabe decir que el autor en ningún momento narra: todos los párrafos son una generalización analítica, intelectual y distanciada. El argumento aparece así como pretexto para una descripción experimental de realidades emocionales. De ahí que la dificultad lectora sea notoria: para Mateo Díez en esta obra la forma más directa de contar nunca es la línea recta y procede por disquisiciones y rodeos cuyo abuso, honestamente, no está justificado.

El estilo de Luis Mateo Díez que hemos mencionado antes tiene instantes de gran altura:

Lo más duro de todo es tener un conocimiento bastante luminoso de tu propio interior, y saber que esa luz no significa nada fuera de tí mismo, apenas el reflejo de una oscuridad que aumenta el desconcierto.

Pero a continuación nos encontramos con conceptualizaciones prosaicas que se nos enredan en los pies:

Lo que el amigo no hubiera hecho, ya que ninguna sospecha me quedaba del comportamiento de Cimo, al menos en la realidad de los que me había confesado y hasta donde llegaba mi averiguación, lo podía hacer el policía. Seguirle era un acto de curiosidad y observación y, para que el seguimiento tuviese, por fácil que resultara, la connotación profesional requerida, era preciso el acicate de la sospecha.

A menudo nos veremos obligados a releer un pasaje para descifrar su farragoso contenido y, en casos como el citado, lo que nos encontraremos no será una perla de sabiduría sino algo reductible a una fórmula tan simple cómo: No podía seguirle como policía porque no era sospechoso de nada, así que le seguí como amigo. Es una dificultad que no redunda ni en belleza ni en profundidad, un lenguaje que se interpone entre el lector y la narración.

¿Merece la pena entonces el esfuerzo? Sí, en mi opinión, si aceptas dar por buena una de tres. Me refiero a la segunda de las historias, Príncipes del olvido, el relato del chico y la chica que se mataron y el tercero que desapareció. Es sin duda la que más solidez literaria tiene de las tres, la más vital a pesar de su argumento y en la que el estilo respeta más al relato.

El autor se plantea: ¿Porqué decidir morir en la adolescencia? ¿Qué medida de desencanto supone? ¿Qué secreto pacto unió a los tres? En esta novela breve encontramos al mejor Mateo Díez, el narrador incisivo y a sus personajes poéticos, sentimentales y vagarosos. Algo tiene el mejor Luis Mateo Díez que leerlo te mete el frío en el cuerpo.

El autor:

Luis Mateo Díez nace el 21 de septiembre de 1942 en el pueblo montañés de Villablino (León), donde su padre era funcionario del ayuntamiento, y donde transcurre la infancia del futuro escritor hasta que en 1954 la familia se traslada a León. El contacto con el rico acervo cultural del medio rural determinará en Luis Mateo una temprana disposición hacia lo imaginario, oral o escrito, que rememora en Días del desván.
Estudia Derecho en Oviedo y Madrid e ingresa por oposición, en 1969, en el Cuerpo de Técnicos de Administración General del Ayuntamiento de Madrid. En esta ciudad reside desde entonces alternando la oficina con la creación literaria en un equilibrio óptimo, a juicio del escritor. Está casado y es padre de dos hijos.
Entre 1963 y 1968, y junto con un grupo de amigos leoneses, Agustín Delgado, Antonio Llamas y Ángel Fierro, participa en la redacción de la revista poética Claraboya. Entonces publica sus primeros poemas, seguidos en 1972 de Señales de humo. Sin embargo, su creación poética es efímera y deja paso definitivamente a la ficción narrativa.
A finales de los años setenta participa con Juan Pedro Aparicio y José María Merino en la invención del apócrifo común Sabino Ordás. Su primera obra narrativa aparece publicada en la década de los setenta: los cuentos Memorial de hierbas (1973), y dos novelas cortas, Apócrifo del clavel y la espina y Blasón de muérdago (1977). El salto a la novela larga lo da en 1982, con Las estaciones provinciales, finalista del Premio Nacional de la Crítica. Desde entonces, su prestigio literario ha ido creciendo a la par que su incesante producción con la publicación de novelas, cuentos, microrrelatos, artículos, y otras obras de difícil adscripción genérica a medio camino entre la rememoración vivencial, la reflexión literaria, el ensayo y la ficción. Es miembro de la Real Academia de la Lengua Española desde 2001.

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